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La iglesia de Santa Ana
El edificio definitivo del s. XVII (3ª parte)
Agustín Clemente Pliego
Durante el transcurso del siglo XVII se va a desarrollar la segunda fase en la historia de la parroquia de Santa Ana. En las dos primeras décadas de esta centuria Castellar llegaría a tener un considerable número de vecinos, superando a otras villas con más andadura histórica como Alhambra, Fuenllana, Terrinches, Montiel, Puebla del Príncipe e incluso su antigua cabecera, Torre de Juan Abad. Por el incremento demográfico sus habitantes sintieron la necesidad de construir un nuevo templo, más acorde con el poder económico y la nueva vecindad alcanzada por la villa. Se plantean ahora dos objetivos: adquirir obras para embellecer el templo y comenzar uno nuevo empezando por el presbiterio.
El primer objetivo se cumplió al contratar el clérigo castellareño Pedro Abarca la talla de una imagen del Cristo de la Misericordia al escultor Giraldo de Merlo el 27 de agosto de 1619, escultura que sería entregada el día de carnestolendas de 1620. Giraldo de Merlo era un escultor muy conocido en la provincia toda vez que acababa de esculpir en 1616 el retablo da la catedral de Ciudad Real. Pedro Abarca seguiría con la preocupación por el embellecimiento del viejo edificio y así poco antes de morir donó en su testamento de 1637 cinco ducados para hacer un frontal en el altar de la Virgen del Rosario y cien reales para que se confeccionasen dos casullas ordinarias para el servicio de la iglesia.
El segundo objetivo estaba relacionado con las nuevas necesidades de la villa. La modesta iglesia del quinientos era muy pequeña para acoger en los oficios religiosos al voluminoso número de feligreses. Por su cuenta y riesgo los vecinos de Castellar decidieron iniciar la construcción de un nuevo templo de más envergadura que albergase a todos los fieles. Las obras debieron de comenzar después de 1609 (fecha de la última visita general) bajo el consentimiento del cura y del concejo. Los castellareños aportaron un primer fondo con sus limosnas para derribar la cabecera e iniciar la construcción de un nuevo presbiterio de mampostería y ladrillo. Para cubrirlo eligieron la bóveda de nervios, muy arraigada en la mentalidad popular de esta zona. Sin embargo, muy pronto quedó truncado este piadoso sueño, pues los efectos de la crisis que afectó al Campo de Montiel provocaron la falta de liquidez. Las plagas de langosta, las malas cosechas, las epidemias y la opresiva fiscalidad determinaron la paralización de las obras.
Pero el pueblo no se dio por vencido y elevó súplica al Consejo de Órdenes para que obligara a los interesados en los diezmos de esta villa a que contribuyeran prorrata para terminar la construcción del nuevo edificio. De esta forma dio comienzo un interminable pleito que se extendería entre los años 1645 y 1673, demorando las nuevas obras. A pesar de su extensión, es interesante dejar constancia de dicho litigio.
Por una parte pleiteaba el concejo de Castellar y el cura, quienes querían que los diezmos que pagaba el pueblo revertiesen en el nuevo templo; por la otra estaban los beneficiados de esos diezmos, que no eran sino la condesa de Oñate y Villamediana y sobre todo el prior del convento de Santiago de Uclés, los cuales se oponían a tales pretensiones.
Todo empezó el 11 de enero de 1645 cuando el letrado, Juan Ruiz de Soria, presentaba un memorial en nombre de la iglesia de la villa de Castellar de Santiago de la Mata al rey Felipe IV y al Consejo de Órdenes informándoles de que la iglesia del pueblo se encontraba sin rentas para cubrir el presbiterio, reparar el resto del cuerpo principal y adquirir los ornamentos necesarios para el culto. Suplicaron licencia para contratar a unos maestros peritos que dictaminasen la cuantía de las obras y a que éstas fuesen pagadas por los diezmos que el prior de Uclés recibía de los castellareños. Para averiguar la verdad de los hechos denunciados, el Consejo de Órdenes envió a Castellar al vicario de Infantes y a los justicias mayores.
Ante la lentitud de la resolución del pleito, once años más tarde (22-9-1656) el concejo del pueblo elaboró un informe, a petición de Consejo de Órdenes, en el que se explicaban los pormenores sobre el estado de las obras. En él se informaba de que en 1628 habían decidido el cura titular de la parroquia y el propio concejo aumentar la capacidad del templo empezando por el presbiterio, el cual había sido levantado casi doce metros. Pero las obras se paralizaron ante la carestía de sus habitantes lo que ocasionó que el resto del edificio podía venirse abajo al estar descubierta parte de su fábrica que era de tierra. La sacristía estaba en tan lamentable estado que con motivo de una misa votiva los sacerdotes se vieron obligados a vestirse en el mismo altar, pues peligraban sus vidas de hacerlo en la sacristía. Después buscaron a unos maestros para que tasasen la cuantía de las obras que había que hacer y resolvieron en determinar la cantidad de 190.080 reales.
El 6 de noviembre de ese mismo año de 1656 el prior de Uclés contraatacó duramente negando cualquier tipo de responsabilidad en la construcción de la polémica parroquia argumentando, en primer lugar, que no recibían directamente ningún tipo de diezmo ni primicia de los frutos de Castellar, aunque tradicionalmente sólo habían recibido la décima destinada al sustento de los religiosos y de la iglesia del convento de Santiago de Uclés a través de los comendadores, que siempre se habían reservado la mejor parte para sí mismos. En segundo lugar, según lo establecido en las leyes capitulares, revisadas en el Capítulo General de la Orden de Santiago celebrado en 1560 en Toledo, era los vecinos los que estaban obligados a fabricar, reparar y adornar sus iglesias y proveerlas de todo lo necesario, si bien la Mesa Maestral y los comendadores les ayudarían aportando un dezmero anual. Finalmente, el prior afirmaba que el comendador había entregado puntualmente dicho dezmero al que estaba obligado, pero los mayordomos y el concejo de Castellar no lo habían invertido en la reparación de la antigua iglesia para evitar su ruina. Por el contrario, acusaba a estos de haber preferido arruinar la obra antigua con la intención de comenzar una nueva demasiado ostentosa y cara. Con el dezmero entregado había suficiente dinero para haber arreglado el viejo templo[1].
Con estas razones el Consejo de Órdenes desestimó las desorbitadas pretensiones de los vecinos de Castellar y ordenó al vicario de Infantes que examinara el estado de la parroquia y ordenase una nueva tasación de las obras.
Así las cosas, el pleito sufrió un parón de diez años, durante los cuales el vicario realizó varias visitas: una en 1662 y otra en 1666. En noviembre de 1667 escribió al Consejo de Órdenes informándole que había comprobado “in situ” la necesidad que tenían los vecinos de terminar las obras iniciadas unos sesenta años antes porque la iglesia no era sino “un cuarto muy ordinario de tapias de tierra”, con una humilde sacristía “indecentísima para el ministerio” y amenazada por la lluvia. El altar mayor estaba adornado con unos guadameciles antiguos colgados como adorno de un vetusto altar. La iglesia era pobre e insolvente. Todo ello le llevaba a justificar la iniciativa de los castellareños de levantar una capilla mayor (presbiterio), con sus cruceros, la cual, unida al resto del cuerpo reformado, aunque de distinta altura, podía resultar capaz y decente. Por ello pedía al monarca y a su Consejo que ordenaran al prior de Uclés que contribuyera económicamente en tal empresa.
En marzo de 1669 se solicitó por parte del cura y del concejo la presencia de dos maestros para que valorasen el estado de la iglesia y realizaran una nueva tasación. Intervinieron el maestro arquitecto Ignacio Vélez Calderón, muy conocido en la comarca y avecindado en La Solana, y Juan Cañizares, maestro alarife. Ambos llegaron a la conclusión de que era necesario terminar de levantar la capilla mayor o presbiterio y el cuerpo de la iglesia, cubriéndola con bóvedas de ladrillo y yeso. La altura del alzado se elevaría por encima de los 12 metros. La longitud total de la planta se calculó en unos 15 metros y la anchura en unos 10 metros. A los pies se elevaría una torrecilla cuadrada de 5’04 m. de lado y una altura de caso 20 metros y se utilizaría su primer cuerpo como capilla bautismal. El material que se emplearía sería preferentemente la mampostería con refuerzos de ladrillo para las impostas, cornisas y arcos. El coste total se estimó en unos 162.393 reales, cifra bastante inferior a la propuesta en la tasación primitiva (190.080 reales)[2].
El Consejo de Órdenes, analizados todos los argumentos aportados por las dos partes en litigio, resolvió (12-3-1669) darle la razón al prior de Uclés y obligó al pueblo de Castellar a guardar silencio perpetuo sobre el asunto y a no poder hacer ningún tipo de reclamación.
Sin embargo, la villa de Castellar, desobedeciendo las órdenes del Consejo, apeló su resolución ante el nuncio de su Santidad esgrimiendo los siguientes argumentos. En primer lugar, que el Concilio de Trento había determinado la obligación de los receptores de los diezmos de contribuir con las cantidades necesarias en los gastos de la fábrica y las reparaciones de las iglesias situadas en sus territorios. A la vez recordaban que los reyes habían dispuesto desde antiguo que las cargas para el mantenimiento de las iglesias ubicadas en los territorios de las órdenes militares recaerían sobre dichas órdenes. Castellar pertenecía a la Orden de Santiago, luego el prior de esa orden (en este caso el de Uclés) estaba obligado a afrontar los gastos de la obra. En segundo lugar manifestaban que la antigua iglesia era muy pequeña e insegura para su población, de tal forma que los vecinos se habían visto obligados muchas veces a oír misa en la plaza. Por eso a principios de siglo decidieron, con las limosnas de sus fieles, comenzar las obras de una nueva iglesia, obras que se paralizaron por la falta de recursos. Habían desistido de reparar la fábrica vieja, considerando esta iniciativa un derroche inútil de tiempo y dinero. En tercer lugar presentaban los valores de las tres tasaciones que se habían hecho a lo largo del siglo: 126.440 reales, 190.080 reales y la última de 162.393 reales, sin contar los 18.783 reales necesarios para la compra de ornamentos. Estas cantidades no podían ser asumidas por las estrechas economías de sus vecinos.
Cuatro años más tarde (27-10-1673) llegó la sentencia papal, a través de su nuncio, en que daba la razón a la villa de Castellar de Santiago de la Mata. Tal decisión fue comunicada al rey Carlos II y a su Consejo de Órdenes, quienes se apresuraron a obedecer el mandato condenando a pagar al prior de Uclés 80.000 reales a Castellar en un primer momento.
Las obras se iniciaron tres años después de la sentencia papal y gracias a la visita realizada el 28 de agosto de 1719 podemos saber la duración de las mismas, quiénes fueron sus artífices, el alcance de la obra y sus costes[3].
En 1676 los maestros de obras Matías del Castillo, natural de Matienza (Burgos) y residente en Infantes, y Francisco Marín Monsalve, natural de Viso del Marqués, reanudan las demoradas y tan ansiadas obras, que concluirían en 1684[4].
El primero de ellos era bastante conocido en la zona porque entre 1672 y 1673 había dirigido las obras del presbiterio, cuerpo, portada del mediodía y torre de la iglesia de Nuestra Señora de los Olmos de Torre de Juan Abad. En ambas parroquias, la de la Torre y la de Castellar, utilizó un modelo muy similar: planta de cruz latina con crucero apenas insinuado; cuerpo rectangular dividido en varias crujías mediante pilastras toscanas con capiteles sobresalientes unidos mediante entablamento corrido como línea de impostas; las portadas también son similares, aunque la de Torre de Juan Abad es más clasicista y sencilla. Difieren en el alzado, pues mientras en la de la Torre se unió un cuerpo barroco sobre una cabecera tardo-gótica, la iglesia de Castellar se construyó entera, a una misma altura, por lo que hubo que derribar las antiguas paredes de tapiales. También se diferencian en sus cubiertas de cañón y en la falsa cúpula sobre el crucero[5].
Un dato curioso del maestro Matías del Castillo es que sufrió encarcelamiento hacia 1677, un año después de haber comenzado las obras de Santa Ana, al haber sido acusado de incumplimiento de contrato por el concejo e iglesia de Torre de Juan Abad ya que todavía no había terminado de cubrir su parroquia. Se defendió aduciendo que había hecho una subcontrata al ceder la construcción de las bóvedas a Juan de Arévalo y Juan Núñez de Barreda. En consecuencia las obras de la parroquia de Santa Ana debieron interrumpirse por su encarcelamiento, aunque probablemente muy poco tiempo, puesto que, según la fecha situada en la portada del mediodía, ésta se finalizó en 1680, y el resto de la nave y torre ya estaba terminado en 1685, fecha en la que encontramos al maestro Matías trabajando de nuevo en la nueva torre de la parroquia de San Andrés Apóstol de Infantes[6].
Sobre el segundo maestro de obras, Francisco, señala Pilar Molina que su origen es incierto, sin embargo un erudito del Viso del Marqués al ver que sus apellidos, Marín Monsalve, están muy extendidos allí ha indagado en los libros de bautismos y de matrimonios y ha encontrado el registro correspondiente a este maestro alarife. Nació en 1638 en el Viso y se casó con Catalina Ruiz. También se sabe que entre 1690 y 1695 trabajó en el cierre de los pies de la iglesia de Santa María Magdalena de Cehegín (Murcia).
En el mencionado registro de los visitadores de 1719 se hace una descripción detallada de la nueva iglesia de Castellar Es una iglesia de una sola nave, con su crucero y presbiterio, con su “media naranja” (se trata de la cúpula del crucero), toda realizada en ladrillo mezclado con mampostería y piedras sillares de refuerzo en los esquinales, fortalecida exteriormente gracias a varios estribos o contrafuertes; con tres puertas: una al mediodía, otra al norte y la última al poniente. A los pies se levanta una torre-campanario con cuatro campanas y un reloj. El tejado a dos aguas, excepto sobre el crucero donde se transforma en cuatro aguas y cuyo vértice se adornaba con una cruz y una veleta de hierro.
El acceso al presbiterio se realizaba mediante tres gradas de piedra y en él se encontraba un tabernáculo, apoyado sobre seis columnas talladas, en las que descansaba “una media naranja”. Todo ello era de color blanco, sin dorar. En el centro se encontraba el depósito para el santísimo y una talla vestida de un Niño Jesús, flanqueado por dos imágenes: una de Nuestra Señora de la Asunción y otra de la patrona Santa Ana. No existía retablo.
Existían diversos altares, cuadros e imágenes. El presbiterio contaba para su adorno con un lienzo de la Soledad, Santa Ana, una Ascensión, un San Francisco de Paula y un Cristo crucificado.
En el lado de la epístola, junto al altar mayor, se abría una puerta que daba acceso a la sacristía. En el primer colateral derecho, ya en el brazo del crucero, existían dos altares. El primero, dedicado a Nuestra Señora del Rosario, con su talla custodiada en un retablo dorado y con su pequeño depósito para el Santísimo Sacramento. El segundo altar, dedicado a Nuestra Señora de la Concepción, contaba con una antigua ara y con las imágenes de San Antón y San Cayetano.
En la intersección de este brazo del crucero con el resto del cuerpo se encontraba el púlpito, realizado en yeso y ladrillo, y cubierto con un tornavoz de madera de pino tallada. Tras él, en el tramo inmediato a la puerta del mediodía, se encontraba el altar de las Ánimas, adornado con un lienzo de un Cristo crucificado y una talla de San Francisco de Asís, de estatura natural.
En el lado del evangelio, dentro del crucero, se disponían dos altares. El primero custodiaba la imagen del Cristo de la Misericordia de Giraldo de Merlo, dispuesto sobre su cama, con dosel de damasco carmesí. El segundo contenía un arca antigua y las imágenes de San José con el Niño Jesús en el centro y San Sebastián y Santa Lucía a los lados.
Los maestros constructores percibieron por su trabajo 199.136 reales, cantidad obtenida, por mandato real, de las rentas de la Mesa Maestral y de la Encomienda de Bastimentos del Campo de Montiel. Además los vecinos, a instancias del concejo, contribuyeron con limosnas que tuvieron que pagar en los meses de agosto de los años 1669 a 1679. Se recaudó en total 48.866 reales que, con los 4.524 que el prior de Uclés tuvo que pagar, tras la condena del Consejo de Órdenes, se invirtieron en la compra de los ornamentos necesarios para las celebraciones litúrgicas. Entre los objetos adquiridos figuraba un sagrario dorado y policromado que costó 2.000 reales.
Así terminaba, pues, la construcción de la tan ansiada parroquia de Santa Ana siguiendo los modos constructivos, imperantes en el último tercio del siglo XVII, que difundieron los discípulos de Juan de Herrera, constructor de El Escorial, y dejando de lado los últimos resabios tardo-góticos.
La mayor amplitud del nuevo templo explicaría los actuales estrechamientos que se pueden observar en la calle de la Ermita, entre el lado derecho del crucero y del ábside y las edificaciones de la acera de enfrente, y más aún en la calle de la fachada norte de la iglesia, conocida hoy como el Estrechillo por su angostura.
[1] PILAR MOLINA CHAMIZO: De la fortaleza al templo: arquitectura religiosa de la Orden de Santiago en la provincia de C. Real (siglos XV-XVIII). C. Real, Biblioteca de Autores Manchegos, 2006, pp. 218-220.
[2] Ídem, pp. 221-222.
[3] ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL, OOMM, Orden de Santiago, Libro de visitas, año 1719, sign. 16c, fols.. 201r-253r. (Citado por PILAR MOLINA CHAMIZO, op, cit. p. 223).
[4]Nuestro paisano Restituto Núñez señala que durante los ocho años que duraron esas obras surgió la necesidad de encontrar un lugar para satisfacer las necesidades del culto y que por esta razón se determinó construir la ermita de la Vera Cruz al final de la calle Real (que con el tiempo cambiaría su nombre por el de calle de la Ermita). Se apoya para sostener esta hipótesis en el asiento del bautismo de Alfonso Delgado de Vico, que fue primer feligrés que se bautizó en dicha ermita en marzo de 1677 [“Nuestro pueblo hace un cuarto de milenio (XV).” La Espadaña 70 (2004)]. Sin embargo, el hecho de que el tal Alfonso fuese bautizado en dicha ermita no justifica que la ermita fuese construida por esas fechas. Más bien lo que se hizo fue aprovechar la ermita que, como dice el primer Libro de Bautismos (fol. 14), había sido bendecida en 1581 por el obispo Julio de la Calzada. Por cierto, su patrona era la Virgen de la Encarnación.
[5] PILAR MOLINA CHAMIZO: De la fortaleza al templo… op. cit., pp. 223-224.
[6] Ídem, pp. 224-225.