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NUESTRO PAISANO WENCESLAO PUBLICA SU TERCER LIBRO

 Álbum de mi lugar

             El pueblo de Castellar, “mi Lugar”, puede estar dichoso: su memoria perdurará casi “eternamente” en la celulosa del papel, a pesar del poder destructor del tiempo.

            Nuestro querido y admirado paisano, Wenceslao Fuentes Sánchez, cariñosamente “el Uve”, acaba de publicar su tercer libro de estampas o viñetas, como le gusta llamarlas, Álbum de mi lugar: Cuando los años cuarenta seguidos de los cincuenta. Con él se cierra la trilogía, como los grandes (Pío Baroja, Valle-Inclán...), dedicada a rememorar desde una mirada delicada, sensible y nostálgica las peripecias, los estudios, las costumbres, las aficiones, las ilusiones, las esperanzas, los ideales... que han constituido parte esencial en la novela de su vida, bien como protagonista, bien como profundo observador, testigo activo que nos ha dejado su testimonio para poderlo paladear en la intimidad de la lectura. Son, en suma, unas memorias articuladas de una manera bastante original en las que el protagonista no es “él” sino “nosotros”.

Con Álbum de mi lugar se cierra la trilogía, como he dicho, iniciada en 1997 con Cuando los años sesenta (I) y continuada con una segunda parte centrada en la misma década (2004), en las que evocaba su etapa estudiantil y sus aficiones taurinas y  flamencas. El tríptico  ha sido publicado por el Colegio Oficial de Farmacéuticos de Granada; ciudad mágica de Andalucía, donde, tras su formación universitaria, ejerció inicialmente como profesor de Ciencias Biológicas y, posteriormente, como Inspector Farmacéutico Regional de la Seguridad Social.

Si los dos libros anteriores eran más heterogéneos, desde un punto de vista temático, el presente goza de una mayor unidad al ser “su Lugar” (nuestro Pueblo), el escenario donde se desarrollan sus delicadas vivencias, sus nostálgicas miradas..., en suma, su educación popularista, y todo ello ubicado en el “paraíso de su infancia” y de su incipiente adolescencia.

El Álbum está lleno de variopintos cromos, a modo de los cuadros del teatro valleinclanesco, que, desde la distancia de la madurez y del terruño, describen de una forma entrañable la posguerra en Castellar, sin partidismo ni sentimentalismo ñoño, con una penetrante y sugestiva objetividad enmascarada de un intenso lirismo.

Para los castellareños de su generación y los mayores, su lectura les hará refrescar la memoria y rememorar desde la añoranza a personas, lugares o costumbres que han pasado a mejor vida. Para los que no vivimos la posguerra, el libro nos enriquece con datos, anécdotas, acontecimientos, lugares... (la escuela de Diego, el cine de Estanislao, el cine de verano del corral de Andrés García, las intensas nevadas, el rasillo de la Ermita, la adquisición de San Isidro y revitalización de su fiesta, las obligatoriedad del pago de las trampas en agosto, la proliferación de comparsas y murgas los días de carnaval o las increíbles leyendas de “El tesoro de Escamilla” o “La vereda del muchacho” ). Los más jóvenes se sumergirán en una realidad tan distinta y tan distante de la actual..., pero que, al fin y al cabo, constituye parte esencial de lo que hemos sido y de lo que somos.

En sus páginas podemos entrever algunos juicios críticos que muestran su empatía con la clase labradora y campesina, con la dureza, la indigencia y la veleidad de sus vidas, y más en aquellos tiempos sin la tecnificación ni las ayudas económicas actuales. Libro, por ende, de contenido social, que no socialista.

Si se me pidiera su clasificación dentro de la variedad de movimientos y tendencias literarias, yo diría que es romántico y noventayochista a la vez.

Romántico por el intenso sentimiento y delicadeza con que trata a personas y familiares, lugares, costumbres; romántico por la libertad con que enfoca la realidad y expresa sus ideario religioso y político o declara su admiración por ciertos símbolos e iconos, sin hipocresías ni dobleces; romántico por la  reivindicación de la importancia de lo popular y sus manifestaciones literarias, y su insatisfacción frente a la sociedad urbana, materialista y globalizadora en la que estamos inmersos. En fin, romántico por su aproximación a lo esotérico y sobrenatural: el libro se cierra con doce recreaciones literarias de leyendas ancestrales de nuestro entorno, como haría un Bécquer o un Duque de Rivas.

El sentido crítico de la realidad española y el intenso amor a España: a su historia, a su paisaje, a sus pueblos (¡a su pueblo!) y a sus gentes me hacen recordar la etapa de madurez de los escritores de la Generación del 98, sobre todo a Azorín: por la evocación nostálgica del pasado, por el intento de retener  en el presente los recuerdos pretéritos y por la dignificación literaria de las palabras terruñeras, de fuerte poder connotador (“simienza, secarral, chorrera, tempero, oraje, perenala, andaraje, riostra”...).

Pero su anclaje en  la contemporaneidad y su formación científica le hacen usar el inesperado, pero oportuno tecnicismo (“sulfato cúprico, humus, quercus ilex, fenología, exoftálmico, geobotánico”...), o el neologismo surgido de un gran talento creativo y poético. Libro, por tanto, de una gran riqueza léxica en que tiene cabida primordial el vocabulario popular aunado con el científico y moderno.

También goza de amplias calidades literarias: la soltura y perfección de su pluma; el gracejo y la ternura (sus andanzas en borriquilla o el recuerdo de la gitanilla);  la amplia y sugestiva adjetivación; las enumeraciones de personajes y títulos o sustantivos y adjetivos con fines totalizadores: (“Luego estudié que aquello era nostalgia; ‘morriña’, ‘saudade’, melancolía; dulce tristeza por el bien perdido”); las imágenes sensoriales: visuales, auditivas, olfativas, gustativas y táctiles: (“la Naturaleza parece que disfruta acariciándonos. Caricias del paladar son las cerezas; las peras y las brevas por San Juan; las mantecosas ciruelas que se deshacen en la boca; los perfumados albaricoques.”)

La metáfora y la comparación, originales e ingeniosas, las encontramos por doquier, con gran sentido plástico: (“el cielo amanecía con un color de panza de burra” o “la chimenea cubierta por una visera de chapa negra, como el tricornio de la Pareja”). Todo ello, junto al epíteto y la personificación, dotan a su prosa de un carácter netamente poético: estamos ante viñetas de prosa lírica...

Es un libro que cautiva y emociona. Escrito con dos cualidades muy valoradas en estos tiempos tan vertiginosos: la brevedad y la amenidad. Son no más de doscientas páginas en que la amenidad se puede detectar en su contenido, en su hechura y en su diseño. La prosa de sus páginas se enriquece con versos engastados adecuadamente y de procedencia diversa: bien del acervo tradicional (coplas y refranes), bien de sus escritores preferidos (Juan Alcaide, Víctor de la Serna), bien de su personal cosecha.

La amenidad de su diseño se justifica por la inclusión de una variada gama de ilustraciones: fotografías, mapas y veintiséis dibujos a plumilla, que hacen honor al título (Álbum...), realizados con arte y gracia por su esposa, Teresa; y sus primos, Elías y Raimundo Cobos Fuentes.

Os animo, pues, desde la web, a la lectura del libro de nuestro escritor: ¡la verdad del Señor que vais a disfrutar del placer de su lectura...!

            Me imagino que en la librería de Manolillo ya habrá ejemplares para todos.

                                                                                                          Agustín Clemente Pliego